Ya me encontraba en un mundo totalmente surrealista, tratando de escapar de una vieja duda que aún atormentaban mis disfrazadas respuestas, eso de buscar la certeza de que si hice bien en dejarla o hice mal, pero siempre lo que confunde, atormenta a la verdad, entonces ya podrido de pensar me fui hacia otro lugar… Estaba caminando sobre un tablero enorme de corcho que simulaba ser el suelo, a mí alrededor había botellas que dejaban caer sus vinos en forma de cascada mientras que varios botones como naves volaban sobre el lugar y uno de ellos pasó a gran velocidad a la altura de mis pies, no tuve otra opción que saltar y caer encima de él, en ese momento comenzamos a planear entre aquellas cascadas de vino esquivándolas una por una que desde gran altura descendían, hasta que finalmente el botón me arroja sobre la cascada más grande, comencé a descender al frente de ella pero sin tocarla, simplemente sentía su aroma y observaba la intensidad con la que corría libremente, luego de viajar junto a ella caí en un pelotero de corchos usados, esos con los que se tapan las botellas y quedan en la punta con ese fino aroma y sabor, por suerte para mi sobriedad la cascada de vino no tocaba este lugar, sino que caía en canaletas alrededor y volvía a circular.
Ya podía verme entre tantos cilindritos y lentamente mientras disfrutaba iba hundiéndome hacia abajo, esto no perecía tener tope, cada vez me sumergía más entre aquellos corchos cuando de repente una compuerta que estaba en el lejano suelo se abrió y comenzamos a descender sobre una casa completamente cubierta de colchones, sus techos, sus paredes y el suelo, entré por una ventana que se encontraba sobre el techo y algunos corchos también llegaron conmigo, allí podía caminar descalzo y saltar rebotando por todos lados.
Teniendo en cuenta que me quedaba más surrealismo por conocer escapé por otra ventana hacia fuera, estaba en un lugar llano, hacia mis costado y al frente no tenía más nada que tierra seca y montañas de arcilla podían divisarse en alguna lejanía, pero detrás de mí había un bosque muy particular, no eran árboles, eran grandes flores que subían hasta la altura común de un pino, una variedad incontables de colores y un aroma perfectamente agradable, ya me encontraba caminando entre aquella acogedora y húmeda sombra cuando animales comenzaron a aparecerse, una lechuza con cabeza de mono fuscata volaba y se posaba sobre los tallos de aquellas enormes flores, más al fondo se paraban y me observaban unas suricatas con cabecitas de elefantes, un rinoceronte con alas volaba a mi alrededor mientras cargaba a un grupo de conejos con un solo cuerno en su frente, luego de observar estos animales decidí continuar por un sendero donde las grandes flores estaban frente a frente sin tocar el camino y parecían abrazarse en lo más alto creando un túnel, al final de este agradable sendero me enfrenté con un rincón del mar, si mi cabeza se inclinaba para arriba podía ver que en el cielo se encontraban veleros que se habían confundido por el color y por allí en lo más alto navegaban, finalmente en este rincón se aproximaban todas aquellas botellas que alguna vez personas arrojaron con un papel adentro para mandar algún mensaje, todas flotaban allí, iban y volvían con el vaivén de las olas, por momentos me las confundía con pequeñas piedras que flotaban a la par de ellas, pero decidí tomar una y sacar el papel que se encontraba adentro, sentía miedo, recordé que hace muchos años atrás junto al amor de mi vida decidimos arrojar dos botellas al mar en el que cada uno escribió algo, confundido por el miedo de acertar a la botella indicada, tomé la primera que mis ojos alumbraron «Manipulante destino», era una antigua carta de viejo papel gastado, como buen ansioso primero observé el final y decía el nombre de aquella hermosa mujer, luego, más arriba, decía «Un verdadero amor sería capaz de desistir al paraíso y condenarse al infierno junto a ti en la tierra», perplejamente mirando aquella tinta un poco desparramada recordé como si fuese ayer lo que yo había arrojado al mar, «Duele la soledad que trae tu esencia», desde ese momento que terminé de leer su carta supe que le había dado un infierno con mis desconfianzas y reproches y ella pudo soportarlos hasta que yo decidí dejarla, supe que no aprendí a aceptarla como ella me amaba, sino que, me pase una vida buscando que me amara como yo soñaba, mientras me crujía el corazón de arrepentimientos, recordé cuantas veces la hice llorar y ahora solo se que por más frio existente, las lagrimas siempre nacen tibias…









